Le Bistrot

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Partido inaugural del Mundial de fútbol, juega Brasil, llueve, las calles de Buenos Aires están desiertas. Noche ideal para “ir a la Capital” y desembarcar en la Alianza Francesa, institución que haciendo honor a su tradición cultural, tiene un bistró, uno de los secretos mejor guardados por quienes aprecian la cocina auténtica.

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La encargada de alimentar y provocar que las caras se vayan iluminando a medida que comen es Patricia Courtois, cocinera, nieta de franceses de Normandía, que no estaba escondida, cocinaba para la Cancillería y por esas vueltas de la vida, licitaciones vacías y un etc. está ahora en la Alianza (por una vez, no se si agradecer a los diplomáticos argentinos o poner un: ¡que se jodan!).

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“Todo es fresco, aquí no se guarda nada, no se recalienta nada. Cocino horas y horas mis caldos, no uso vacío porque creo que en un bistró no se justifica: a cada cosa le tenés que dar el punto justo. ¿Hay algo que suplante un confit en grasa de pato, o la forma como preparo mis codornices, terminándolas con un ligero dorado? Ahora parece que lo que hago está de moda, se ríe: uso despojos, uso todo, eso me viene desde mi casa. Aprendí a cocinar desde chica y recién hace dos años pude pisar Francia. A cada paso me decía: pero si es esto lo que hago, con mi mochila a cuestas fui feliz.” Filosofía simple, esa misma felicidad es la que transmite desde sus platos. Creo que llenar esta crónica de palabras me provoca cierto pudor. La cocina de Patricia no necesita adjetivos, sólo se trata de sentarse, dejarse recomendar y gozar.

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Abierto al mediodía, antes de pasar al salón hay que echarle una mirada a la pizarra que anuncia su menú a precios muy amables (tanto como el de la noche). Hay sopas caserísimas, ensaladas (como la niçoise que sale dentro de un pan), quiches, la memorable degustación de patés y plato del día, todo en porciones generosas. Debido a las actividades educativas del lugar, no pueden ofrecer alcohol.

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Por la tarde, pastelería casera, con pain au chocolat, croissant o madeleine. De vez en cuando Patricia incluye sus famosos canelés, dato difícil de proporcionar, porque parece que cuando aparecen… desaparecen.

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La cena, por ahora, se sirve sólo los jueves. Esa noche abren el salón que fue el comedor familiar de la antigua casona, un espacio protegido, que se conserva intacto, con pisos de madera de esos que ya no quedan, paredes enteladas, boiserie oscura tallada y techos decorados con mosaicos dorados a la hoja, ambientación que crea un clima clásico, pero para nada intimidante. La carta de la noche es corta, tiene lo que debe tener y también va cambiando según lo que tiente a Patricia en el mercado o en sus paseos por las rutas.

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Para una primera vez, imposible no pedir la degustación de patés, enorme fuente con patés caseros que incluyen diferentes mezclas de carne (muy rico el de molleja con pistachos y un toque de caramelo, el de conejo, el clásico de hígado que también aparece como un mimo en forma de trufa, cubierto con chocolate amargo) y uno, delicioso, de queso y puerros, algo ahumado. Vienen con pepinos encurtidos.

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Otra opción es la soupe à l’oignon (sopa de cebolla gratinada), de la que sólo diré: vaya y pruebe.

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En principales, koulibiack, plato que la nobleza rusa llevó en su exilio e impuso en Francia, con masa de hojaldre casera, que encierra varias capas de salmón, rico, muy rico.

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También magret (en el punto que debe servirse) con chutney, zanahorias glaseadas y puré de papa o las codornices rellenas sobre hinojos braseados.

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Consulte, porque algunos jueves hay ñoquis a la romana, que no serán franceses pero son caserísimos y ricos.

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De postre, clásicos como la tarte tatin, marquise au chocolate con confitura de cítricos, crème brûlée o nougat (merengue con Malbec), nuez y queso brie. Consultar por los fuera de carta, probé membrillos asados con el nougat de Malbec, buenísimos.

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Para acompañar estos platos, por la noche sí hay selección de vinos y también posibilidad de llevar el suyo, con servicio de descorche. Otra buena: no cobran cubierto, aunque ofrecen panes artesanales y un pequeño plato con diferentes preparaciones, como amuse buche, que incluye una sopa casera que remite a los sabores de la infancia. Dato: estar atentos, porque en poco tiempo, Patricia abrirá un restaurante de campo, en Cañuelas, que por las fotos y lo que cuenta, hará que vayamos en peregrinación. Sé que los secretos no se cuentan, pero éste, el de Le Bistrot es de esos que se deben compartir. Ir a la Capital con este incentivo me amiga con Buenos Aires.

GPS: Córdoba 946, 4322-0068. Lunes a viernes, mediodía y tarde. Jueves noche.

 

Marieta

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Cuando conocí a Martín Molteni prometía. Era estudioso, investigador, sin embargo siempre discutíamos: las recetas para las notas eran larguísimas y sus platos eran de esos que tenían varias preparaciones y una presentación que me ponía en el lugar de la duda. Siempre me preguntaba ¿cómo empiezo? Desde  entonces pasaron muchos, muchos años.

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Molteni, como lo llamo (él me dice Rosemberg) es un señor chef, está esperando su cuarto hijo, metido de lleno en el Bocuse D ´Or, pero del otro lado del mostrador, porque ya no es él quien concursa, diseñando un restaurante en Colonia, Uruguay… Y sí, en algo no cambió, vive a mil y duerme poco. Acentuó virtudes, sigue siendo un buscador -pueblo por pueblo- recorriendo la Argentina y uno de los que más apoya los productos y productores autóctonos. Es un tipo maduro, habla poco, lo necesario. Sus platos son cada vez más simples, aunque no se los puede calificar de  simples, y son sabrosos y creativos.

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A su PuraTierra, en Belgrano, hace pocos días, acaba de sumar Marieta, en pleno centro porteño, a cuadras del Obelisco (¿revivirá la zona?). El edificio, que también alberga al hotel Le Dome, se creó recuperando un espacio arquitectónico de estilo francés del 1900, de esos donde a las puertas y paredes se las medía a palmo, y en donde los material usados siempre eran nobles.

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El espacio, con detalles cuidadosamente elegidos, como las celosías de la antigua casa, que forman parte de la decoración, es muy luminoso, con techo de bovedilla a la vista, mesas de madera pesadas y sillas cómodas. Un párrafo aparte: el pozo de agua original se conservó y hoy es la cava de vinos especiales, lugar perfecto para la guarda.

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La línea rectora de la cocina lleva la firma Molteni: ingredientes regionales argentinos, de Norte a Sur, siempre frescos y tratados como se merecen, en su punto exacto, con las especias que combinan y muchas hierbas y vegetales. Marieta va cambiando a lo largo del día, ofreciendo cafetería, almuerzo a la carta o con menú, tardes de merienda y por la noche, cenas, también a la carta o con menú de bodega, con muy buenos precios.

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Aquí no se puede obviar el pan (“los panes”) y la manteca y para seguirla, picoteo de paté -de ave o conejo- o los buñuelos crujientes de morcilla. De entrada, muy rico salmón rosado marinado con crema de manzana y salsa de cítricos; el huevo tierno, hongos de estación, cerdo grillado y migas del pastor o la variedad de ensaladas. También la sopa del día que junto con los platos de cuchara, informa Molteni, irán creciendo en la carta.

Mesclum de verdes, compota de cebolla, queso de cabra, peras a las brasas, frutos secos

En principales, arroz meloso de vegetales de estación, rable de conejo relleno, guisado de alubias al tomate especiado, pastas y varias carnes con ricas compañías. En postres, hay muchas opciones, como la pera con helado de miel y crujiente de frutos secos, pero no soy objetiva: me inclino por pasión chocolate, una degustación de chocolates, del que el señor Molteni es un especialista.

Pera, helado de miel, crujiente de frutos secos

Para cuando esté terminado el hotel, hay que hacerla completa, comida y siesta, de esas que los mendocinos llaman como dios manda: con pijama. Elija la habitación de la esquina, la del balcón. No es histórico, pero tiene vista al Obelisco y al edificio del Ministerio de Obras Públicas, con el mural de Evita. Otro Molteni, el mismo Molteni.

GPS: Cerrito 22, 4383 3722/ 3733. www.marietarestaurant.com.ar