Qiu Xialong, una mirada china

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China, muy de a poco, está dejando de ser un enigma. Al gran país se lo conoció a través de su historia, sus productos, su comercio, su gastronomía. Su literatura, hasta hace poco de difícil acceso, también aporta datos y por suerte comenzó a traducirse al español. En este caso les propongo sumergirse en los libros de Qiu Xialong, poeta nacido en Shangai, que se trasladó a Estados Unidos, cuando su padre fue una de las víctimas de los Guardias Rojos, en la Revolución Cultural. Qiu escribió varios policiales, género que una vez más permite apreciar las modificaciones que vive una sociedad y que de forma extraña, casi como regla universal, sufre menor censura que otras literaturas.

El protagonista de la serie de Qiu es un policía especial, el inspector Chen Cao, jefe del Departamento de Policía de Shangai, adicto a los libros, casi un escritor frustrado, al que para mi goce, además de la poesía, le gusta comer y muy bien. En el caso de Seda Roja, deberá vérselas con un asesino serial que acecha a las jóvenes de su ciudad. Sus crímenes causan gran revuelo en la prensa y entre los ciudadanos, sobre todo porque abandona los cadáveres de sus víctimas enfundados en un vestido rojo y de estilo mandarín.

Mientras Chen va tras el asesino, descubre que la raíz de los homicidios se remonta al pasado de su país. Investiga y escribe, porque hay pasiones que son difíciles de abandonar. Las letras lo llevan a cursar, de forma paralela a su destino de sabueso, un master en literatura, estudios que le exigen más esfuerzo que su trabajo policial. Quizás por eso y como agradecimiento, regala a su maestro un jamón Jinhua (un crudo, curado en la zona de Zhejiang, al este de China), tradición –la de regalar jamones- que se remonta a épocas de Confucio.

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Seguirle los pasos gastronómicos al inspector, además de abrirnos una ventana a un pasado poco conocido, nos muestra lo que piensan muchos chinos acerca de la comida chatarra. En su mesa se bebe buen té, vino y se comen platos elaborados, como las cazuelas con algas de Daitiao, los nidos de golondrina, lagartijas de Guanxi frescas –jamás desecadas, ni procesadas, o el súmmum: la bandeja Cabeza de Buda. Se trata de una calabaza blanca, vaciada y cocida al vapor en vaporiera de bambú, cubierta de hoja de loto verde, un plato que es casi un rompecabezas, contiene muchos cerebros en una sola cabeza y requiere destreza, desde el vamos, aún para comerlo: se serrucha el “cráneo” con un cuchillo de bambú, se introducen los palillos en los sesos y se extrae el tesoro, un gorrión frito dentro de una codorniz a la parrilla, que a su vez se encuentra dentro de un pichón mayor estofado.  Después de esa comida, quizás esté de más aclarar que Chen no admite pollos congelados, sólo de campo y menos tortugas de criadero, que pierden todas sus propiedades para fortalecer el Yin o que para apelar a la dieta y filosofía que rige a su pueblo, describa una especialidad de Mao: “tocino con salsa de soja”, un plato que puede parecer nada sano y poco oriental, pero que parece que el líder comunista se lo hacía preparar porque decía, lo ayudaba en vísperas de una batalla, para estimular el cerebro. La jaula con la cabeza de mono no falta en la novela, pero esa se las dejo, para que la disfruten en soledad.

En Visado para Shangai no falta nada: una policía estadounidense con la que Chen debe colaborar, un cadáver desfigurado y la aparición en escena de las Triadas, nombre que recibe la mafia china. Aquí, además de otras tradiciones, pude enterarme de la existencia de Mao Tai, que no es el nombre de un estadista, sino el de un licor, que se bebe especialmente antes de comer serpiente. El bicho se mata delante de los clientes, porque la frescura es esencial al plato. Toda su sangre se recoge puntualmente, porque ya se sabe que la medicina china emplea ingredientes ajenos a la cultura occidental, y esa sangre es invalorable: trata la anemia, el reuma, la artritis y la astenia, y si encima tienen banca con el chef, quizás consigan la vesícula del animal, el mejor de los remedios para disolver las flemas y garantizar una visión perfecta.

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El Caso Mao es otra de las investigaciones que tienen a Chen como protagonista. Este es más jugado que los casos anteriores, porque se trata de seguirle los pasos a Jiao, la nieta de una antigua amante de Mao. Esta vive en Shangai, rodeada de un círculo de amigos que intenta recuperar costumbres y modas de la ciudad, antes de la Revolución Industrial. Nuevamente la trama se va metiendo con historias y leyendas desconocidas sobre la elite china, mientras el inspector come, bebe y hasta se arriesga, para conseguir unos cangrejos vivos, al “precio estatal”, un regalo especial que le abrirá las puertas de varios secretos. El informante, un antiguo estudioso de los poemas de Mao, agradecido, comparte la mesa, no sin antes explicar que a los bichos en cuestión hay que lavarlos muy bien, debajo del agua y con cepillo y después, cocinarlos al vapor (con las patas atadas, para que no se pierdan en la vaporiera). El toque se lo da la salsa de azúcar, vinagre y jengibre fresco y se acompaña con vino de arroz amarillo Shaoxing.

Casos los tres, que hablan de la antigua y actual policía, de miembros del partido, gobernantes, historias que apenas destapan una olla de difícil comprensión. Las novelas de Qiu Xialong son uno de esos viajes a la China profunda, desconocida, aunque llega un punto en que habría que seguir los consejos del Viejo Cazador, el maestro de Chen Cao que decía: “lo mejor es dejar en paz a Mao (y a su época), ya sea en el cielo o en el infierno.”… no estoy tan segura.

Autor: Qiu Xialong

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