Mi pasión por el chocolate

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No es ninguna novedad. Amo el chocolate, aprendí a saborearlo desde muy chica, cuando mi viejo, en vez de darme el milkibar blanco, como al resto de mis amigas, me hacía probar los bloquecitos Suchard azules, bien amargos, “cuanto más amargo mejor”, me decía. En mi casa de chica jamás faltaba chocolate y en la de hoy, tampoco. Mis hijos me siguen los pasos. Mi nieto estrenó su paladar con una degustación del 70 % de Valrhona (esperé pacientemente el ok del pediatra) y para mi nieta tengo reservado un Fortunato, la lady no se merece menos.

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Podría seguir y seguir, pero la idea era retomar Sabores que Matan después de mis vacaciones. ¿Con qué otro tema que no fuese cacao podría volver a contactarme con ustedes? Por eso elegí compartir este trabajo que acaban de publicar en la web de The Worlds 50 Best. El protagonista es un viaje que tiene al cacao como eje.

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Antes de tipear los links (español e inglés) para que lo prueben, nobleza obliga, quiero agradecer con el corazón y cada pedacito de mi cuerpo a los muchísimos amantes del cacao, peruanos y latinoamericanos, que compartieron conmigo sus saberes. Un abrazo especial para las mujeres del cacao, las que hacen posible lo imposible, las que logran que los mortales podamos también saborear el alimento de los dioses.

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http://www.theworlds50best.com/culinary-traveller/peru-es/introduction-es

http://www.theworlds50best.com/culinary-traveller/peru/peru-introduction

Bocados celestiales

M B -Papá Noel

Cuando tuve que escribir mi tesis, hace ya no recuerdo cuantos años, buena parte la base en el trabajo de una gran mujer, Sor Juana Inés de la Cruz, que como muchas otras mujeres que adoptaron el camino de la fe y poblaron los conventos, dedicaba su tiempo a la oración, acompañada de otras tareas como educar o cocinar. En esos fuegos no sólo se llevaban a la práctica recetas aprendidas, también se experimentaba (y se experimenta) con diferentes ingredientes. Muchas preparaciones, hoy tradicionales, nacieron detrás de las puertas de esos espacios sacros. Licores y quesos famosos, como el camembert; toda la dulcería portuguesa, basada en el aprovechamiento de las miles de yemas que quedaban después de clarificar los vinos que los monjes producían, son sólo ejemplos. Fueron monjas las que agregaron vainilla y cacao al chocolate, las que enseñaron a las mujeres de estas costas a usar el azúcar y las que investigaron cada uno de los frutos de la nueva tierra, para convertirlos en platos. Cada orden tenía sus especialidades, celosamente custodiadas. Se dice que lo que ellas producen es una cocina milagrosa, porque según el viejo dicho español: “en los conventos de lo mínimo se hace lo máximo, del guiso hecho con lo que haya hecho arte”.

M B -Pan dulce Frutos Secos decorado

Cerca de mi casa, en Victoria, San Fernando, hay un convento de clausura, la Abadía de Santa Escolástica. Calle calma, plantas y gran portón de hierro que se abre de forma automática al tocar el timbre, casi como en una película. Una hermana después es quien se encarga de hacerme pasar y guiarme por el pasillo que llega al lugar donde exhiben y venden sus productos. Hay de todo, y todo es rico: galletas, quesos, dulces, tortas, budines, pero a mi (y al marido de mi amiga y periodista colombiana Claudia Arias) me pierden los alfajores de chocolate amargo y frambuesa.  En estos días suman panes dulces, de esos que están llenos de fruta seca y con miga húmeda y sabrosa, y una opción para los mañosos de toda familia, sin fruta abrillantada y sin pasas. También hay stollen, Panforte di Siena, figuras de chocolate para decorar las casas, budines, turrones, mazapanes y masitas… Todo, además a precios terrenales, de esos posibles, para que lo de compartir el pan no sea una frase.

GPS: Abadía de Santa Escolática, Martín Rodríguez 547, Victoria, San Fernando. Tel: 4725-2829 y en Capital: Pasaje Libertad: Libertad 1240 P.B. local 19, Tel: 4519-8016.

La elegancia del erizo

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En un edificio de la calle Grenelle, en París, el mismo escenario de Rapsodia Gourmet, obra anterior de la autora, se suceden diferentes hechos que enlazan a sus habitantes. Todos tienen su papel, pero así como en el libro anterior el protagonista era Pierre Arthens, un crítico gastronómico a punto de morir, en este caso el eje gira en torno a Paloma, una adolescente-niña, de doce años y Renée, la portera del edificio. Las dos guardan sus secretos, que compartirán de cierta manera, comenzando por un ben trozo de chocolate amargo, del mejor.

La cocina japonesa, con su belleza y placer, también forma parte de esta historia. La trae a escena el nuevo ocupante del piso que dejó libre al morir monsieur Arthens. Se trata de Kakuro Ozu, un exquisito. La trama va entrelazando los personajes y las mesas. Sabores, bebidas y delicias cambian, adoptan diferentes significados. Mi primera aproximación a La elegancia del erizo fue a través de la novela, después llegó la película y El erizo, escrita y dirigida por Mona Achache (Le hérisson), interpretada por Josiane Balasko, Garance Le Guillermic y Togo Igawa. Me gustó más el libro, pero el film cumple con la línea argumental.

Muriel Barbery

Editorial Seix Barral