La gira de los hermanos Roca

Hace tres años, escribí un artículo sobre El Celler de Can Roca. Fue después de una visita a Girona y comenzaba diciendo: salió segundo, ¿y qué?. Este año, en marzo, volví una vez más, por entonces eran primeros en la lista de The World´s 50 Best, pero para mi nada había cambiado. Poder probar sus platos, hablar -esta vez- con Joan y Jordi (Josep estaba por el continente rastreando productores) fue una fiesta, de esos privilegios que me da la vida. Fines de abril volvieron al segundo lugar y sigo diciendo: ¿y qué? ¿cambió algo? Lo importante es que El Celler se traslada por un mes a América. Lo harán en agosto, en una gira, la primera de muchas por estos pagos. Lo que sigue es el artículo que escribí para Decanter, Colombia, país que forma parte de este primer grupo a visitar.

http://blog.decanter.com.co/planes/2014/7/2/la-gira-latinoamericana-de-los-roca

 

Tarragona se viste de fiesta

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La noche más larga del año es sinónimo de verano. En Catalunya se festeja el 23 de junio, Sant Joan (San Juan). Fogatas, cava, cocas (ojo, ¡son galletas chatas, algunas alargadas, dulces o saladas, nada de gaseosa!).

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Se prenden fogatas, se baila y se recrea eso que viene de siglos. Cada plaza, cada pueblo se viste de fiesta, como lo canta el Nano Serrat. Por aquí estamos del otro lado del mundo, empezando nuestro invierno, sin embargo no hay nada que me impida trasladarme, aunque sea en el ciberespacio. Entonces, los invito a Tarragona.

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Sabemos que todas las ciudades tienen su historia, descubrirla y en algunos casos seguirles el rastro es parte del encanto. Esta vez, el recorrido por el Mediterráneo me llevó a esta ciudad del sur de Catalunya, a 100 kilómetros de Barcelona, a la que se puede arribar en AVE, el tren rápido. Por allí, a cada paso, se pueden palpar los signos que fueron dejando las distintas civilizaciones. Siglos y siglos, rastros que hacen hablar hasta a las piedras.

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Fundada por los romanos, fue declarada Patrimonio Mundial por la UNESCO. Tuvo tanta importancia en tiempos del Imperio, que Augusto la eligió para vivir (con ese mar a sus pies y ese paisaje, nada tonto el emperador). Por entonces se llamaba Tarraco y era la plaza fuerte del ejército romano en Hispania, estamos hablando del 218 a C. Su anfiteatro, del SII, ubicado frente al mar, es símbolo de la ciudad.

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Otra construcción que transporta a esa etapa histórica, como un túnel del tiempo, es la del circo romano: conserva bóvedas, pasadizos y los pasillos por los que salían los carros de caballos, y buena parte de las gradas donde se ubicaba la plebe para ver cómo medían fuerza los gladiadores.

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Algo de ese espíritu festivo persiste y es el que aún hoy, en pleno siglo XXI, se respira en las calles de Tarragona. Basta buscar un calendario, para saber cuál es la temática que convoca, desde las fiestas tradicionales religiosas, a otras, que tienen que ver con los ciclos de la naturaleza, como ésta, la de Sant Joan, donde lo religioso se mezcla con la tradición pagana y su exaltación de los ciclos naturales.

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En las terrazas (veredas) la capital de la Costa Dorada, cerca del puerto, se brinda con cava y buen vino de la zona y se comen pescados y mariscos fresquísimos y deliciosos, preparados de muchas maneras: fritos, acompañados con salsa romesco, o con arroz.

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En la Via Augusta se impone con el café unos carquinyolis, las masitas del lugar. En su centro histórico, donde lo medieval y lo gótico asoman, se encuentra la catedral, construida sobre el antiguo templo de Augusto, allí también se celebra.

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En la parte alta, en la Plaza del Rei, está ubicado el restaurante El Llagut, lugar chico, de corazón y cocina grande, especial para probar la cocina típica de la zona, porque es representante del Tarragona Gastronómica y Slow Food Km. 0. Imperdibles sus sardinas, sus tapas, los arroces…

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¿Otro espacio para festejar? La plaza de la Font, donde se encuentra el Ayuntamiento. No se extrañe si ve unas construcciones, torres humanas, esas que piden fidelidad, porque son hombros los que sostienen a hombres y mujeres. Son los famosos los Castells (castillos).

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Después llegarán las hogueras, saltar tres veces sobre el fuego para asegurarse la buena suerte, los petardos, los fuegos artificiales en la playa, la música, hasta muy entrada la madrugada. Como en la antigüedad, el deseo que une a quienes participan es el de un buen año. Y vamos bajando la cuesta que arriba en mi pueblo se acabó la fiesta.

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GPS: www.tourspain.es

www.catalunya.com

wwwtarragonaturisme.cat

 

Calçots: las capas de la cebolla

calcots a la brasaNo hay demasiados secretos, cuando una zona del mundo brilla por su alta cocina, hay que recorrer ese territorio en busca de sus ingredientes y sus tradiciones. Es como levantar capa por capa las pieles de la cebolla, para llegar a su esencia: allí empezó todo, no hay más misterios ni vueltas. Y eso es lo que me pasa cuando recorro Catalunya. En cada una de sus provincias probé comidas deliciosas. Lo hice en fondas, en restaurantes de una o más estrellas, en casa de amigos, hasta llegar al Celler de Can Roca, considerado el mejor del mundo, cada uno tiene lo suyo. Todos se sustentan, son capas de una misma cebolla.
Podría hablar de diferentes ingredientes, de platos, como una sopa de ceps y foie, servida en un restaurante de montaña, en Los Pirineos, o de un escudella, sopa con legumbres y embutidos, en otro restaurancito comandado por un matrimonio mayor. La lista es larga, me sobran los ejemplos. Pero como el viaje al que fui invitada por la Agencia Catalana de Turismo y la Oficina Española de Turismo fue en marzo, cuando los calçots se están despidiendo, voy a poner el foco en ellos, un vegetal al que probamos en tres restaurantes muy diferentes.

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Antes de pasar a la experiencia, les cuento: se trata de una especie de cebolla de verdeo gorda, que para lograrla lleva su tiempo. El proceso de cultivo empieza al sembrar las semillas de una cebolla blanca. Cuando ésta ha germinado y crecido, se arranca de la tierra y se la vuelve a plantar en otro lugar, en el que continuará su crecimiento, hasta que despunte la cabeza, como si se tratara de una cebolla normal. En ese momento, se arranca de nuevo y se guarda 2 o 3 semanas, se eliminan los brotes superiores y nuevamente, se la vuelve a plantar: calzar, de ahí su nombre. La cebolla queda semienterrada, mostrando su blancura al exterior. Se dice que al hacerlo “la cebolla ha de oír las campanas”, porque hay que enterrarla muy poco. Según los payeses (campesinos catalanes), es mejor plantar los calçots en época de luna vieja, ellos sabrán. A medida que va creciendo la planta, es necesario irla cubriendo de tierra, operación que hay que repetir varias veces durante el proceso de cultivo. Los calçots estarán listos. Se cosechan a fines de otoño y en invierno.

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Se dice que la idea de cocinar los calçots surgió a fines del siglo XIX, cuando un tal Xat de Benaiges comenzó a asar en las brasas los brotes tiernos. La costumbre se difundió, en las primeras décadas del SXX, entonces la calçotada se convirtió en la comida principal de los días festivos. Uno de los lugares que la llevaron a la fama fue la Penya Artística de l’Olla, en Alt Camp, una zona de masías (casas de campo), donde se organizaban calçotadas en las que participaban artistas e intelectuales catalanes. En esta fiesta –al igual que en un asado nativo- todo el mundo aportaba algo: opinando o trabajando, por eso, los que participan aseguran que esas humaredas se levantan hacia el cielo, como mensaje de amistad. A partir de los años sesenta, muchos restaurantes se apropiaron de la idea y cuando llega el frío, la preparan para el público local o el turismo, transformando a Valls en la capital mundial de la calçotada.

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El ritual comienza preparando los calçots: hay que cortarle las hojas verdes a una medida determinada, unos 30 centímetros, para que queden parejos, y luego, las raíces. Después se colocan en el fuego (bien repartido y vivo),sobre llama de sarmientos, ramas de la vid. Durante el proceso de cocción, hay que girar los vegetales para que se cocinen parejos. Un vez cocidos, cuando las puntas  están blandas pero los calçots están totalmente negros por fuera, se guardan, envueltos en papel de diario, para mantenerlos calientes.

 

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Llegan a la mesa así, colocados dentro de una teja. Los comensales los esperan vestidos de riguroso babero, porque aquí no hay cubiertos que valgan: cada uno pela su calçot y lo sumerge en una salsa, de la que cada familia tiene su secreto. Una rebanada de pan de pagés (campo) sirve como acompañamiento y ayuda a recoger la salsa que se derrama al comerlos. Tradicionalmente, los calçots se comen de pie y la cantidad dependerá de la experiencia y el hambre de los comensales, pero no bajan de los 25 a 30 por persona. El ritual no está completo sin la bota o porrón de cristal, de vino tinto, que pasa de mano en mano. cal3 Después, llegarán las carnes a la parrilla, como cordero, longaniza o morcilla, butifarra de Valls y alcauciles con all i oli. El festín no es liviano, entonces, como postre, lo mejor son naranjas, pero para los que se animan, crema catalana.

Los Calcots

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Preparación 

Cortar un poco las raíces de 15 a 20 calçots (por persona), para desprender la tierra. Asarlos sobre brasas, con llama, darlos vuelta, poco a poco, para que se quemen por fuera y se asen por dentro unos 15 minutos y guardarlos en papel de periódico, para que conserven el calor.  

 

La salsa romesco

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Triturar en mortero o con minipimer 100 gramos de almendras y 30 gramos de avellanas, ambas tostadas, 4 o 5 tomates rojos, asados, 1 morrón rojo asado y pelado, la pulpa de 1 cabeza de ajo asada, 1 cucharada de pimentón dulce-picante, 100 cc de buen aceite de oliva, 1/2 vasito de vinagre de jerez, la carne de 1 pimiento seco (si se tiene ñora, mejor), perejil y sal. Si se quiere que quede más líquido, se agrega agua, y si se quiere espesar, pan frito.

 

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Viví el ritual, como les conté en tres restaurantes diferentes. El primero en Masmolets, una pequeña aldea, en las cercanías de Valls, en la provincia de Tarragona, en Cal Ganxo, un restaurante familiar, que tiene kilómetro cero, es decir que todos sus ingredientes provienen del lugar.

View More: http://pepsalvat.pass.us/calganxo

 

 

 

El segundo encuentro con los calçots  tuvo lugar en Les Cols, en Olot, La Garrotxa, con dos estrellas Michelin. les cols El destino de Fina Puigdevall era ser abogada, al igual que su marido, pero cambió el rumbo y convirtió a la casa familiar en restaurante y hotel, casa de la que su madre se guardó una reja, por si algún día vuelve a ser lo que era. “Cocino con los productos de acá, dice, sin dejar de sonreír. Están las coles, siempre hay huevos, porque mientras se camina por este edificio de diseño, no es raro toparse con una gallina y hago cambios frecuentes, por eso de que no hay ingredientes de temporada que aguanten 4 meses, son alimentos no viajados.” les cols 2   El sitio está hundido bajo tierra, hay sectores privados, otros –en transparencia- para los eventos, un salón larguísimo, en tonos dorados, mucha presencia de la greda volcánica, que representa los más de 40 volcanes de la zona y una luminosidad y clima especial, tan bien logrado que hizo que el edificio tuviese varios premios, como el FAD 2003. En el menú que probamos, llegó un paquete sorpresa, con los calçots especiales: una tempura de carbón, con aroma a brasas y romesco de remolacha. Otra forma de servir los calçots, partiendo de los calçots tradicionales.

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Mi tercer plato de calçots fue parte del menú en el Celler de Can Roca: Calçot primer servicio. Calçot llyo, calçot Ice y calçot crudo. can roca 1 Calçot segundo servicio: all i oli, ñora, puré de calçots a la brasa, aceite de calçots, aceite de calçots fresco y perifollo, aceite de cayena, destilado de tierra, cava sólido, polvo de calçots, consomé de calçots. 066 can roca ¿Qué decir? ¿Cómo describir un plato que debe probarse? Con los mismos ingredientes, volviendo a esa cebolla blanca, plantada y arrancada, plantada, arrancada y vuelta a plantar, un plato sencillamente genial. 065 can roca Las tres experiencias fueron, cada una desde su expresión una muestra de lo que es y a donde llegó la cocina catalana. Un ingrediente simple, una cebolla (no cualquiera, la que necesita de la luna vieja) llevada a tres mesas distintas. Todas ricas. Cada una diferente, de la tradición a la modernidad, sin perder la esencia. De eso se trata la cocina catalana.

 

GPS: http://www.calganxo.com http://www.lescols.com http://www.cellercanroca.com