Oporto Almacén

letras vidrio

¿Usted es periodista?, me pregunta un comensal solitario, en la mesa de al lado, al verme escribir y sacar fotos (pecado mortal, al decir de Camilleri, pero son los gajes de la profesión). Le contesto que sí y entonces, me cuenta que es un vecino, que tenía su estudio a pocos metros y que volvía habitualmente desde que abrieron. La razón de la peregrinación era una sola: las milanesas de lomo. Se asociaba a sí mismo con el crítico de Ratatouille y contaba, casi emocionado, que ese plato lo transportaba a su niñez, tanto que la primera vez que lo comió, corrió a pedirle a su madre que volviese a preparárselo. Escenas como esta son habituales en Oporto Almacén, el restaurante que hace poco inauguró en Núñez.

Produccion OPORTO 410

Este es un barrio que durante mucho tiempo fue barrio: casas bajas, vecinos de toda la vida, ferias, muchos árboles, alguna panadería y bodegones. En una de sus esquinas nació este restaurante, alejado de circuitos fashion, que nos cuenta cosas desde el nombre. Así sabemos que también es un almacén con rotisería y que cuenta con una muy buena vinoteca.

Pero antes de pasar a la mesa, quiero meterme en un aspecto que no es usual en el mundo argentino de la gastronomía. Se trata de uno de los pocos proyectos pensados desde el vamos en forma global. Es decir, que desde la imagen, a la carta, cada plato de lo que se sirve, la decoración, la gráfica, la distribución y el clima que se crean, más un largo etcétera, todo fue pensado de antemano y sigue un mismo hilo conductor. Detrás de ese proyecto está Horacio Gallo, con varios restaurantes famosos en su haber (Tegui, Sudestada, Nucha, el recordado Standard…) que lo pensó como trabaja habitualmente, imaginándolo como una película. El grupo emprendedor de gente joven entendió de qué se trataba, decidió jugársela y lo acompañó.

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La fachada es de azulejo blanco, mucho azulejo, otro indicio del nombre… Oporto, la ciudad portuguesa de las mayólicas. Mesas en la vereda, para gozar del fresco. Por dentro, madera rústica en paredes y pisos, algunas mesas comunitarias, mucho vidrio, luz natural e iluminación e instalación eléctrica industrial. Cocina a la vista y un mostrador con rotisería de las de antes apenas se entra. La vinoteca funciona en el primer piso (con 500 etiquetas), aunque los vinos pueden llevarse a la mesa, con el mismo costo que en la estantería o pedirse por copa.

planta alta mesa com abierta

En los fuegos está Tomás de Lello que mantiene con su cocina el concepto original: todo muy casero, porteño, esos platos que recuerdan al barrio y a la familia, en especial madres y abuelas. Se puede comer a la carta o pedir de la rotisería, al peso.

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Hay lengua a la vinagreta, vitel toné, berenjenas en escabeche, buenísimos buñuelos de espinaca, matambre con ensalada rusa, paté y hasta tomates rellenos.

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En principales muy ricos ravioles de berenjena con tomates frescos y las famosas milanesas que recomendó el vecino-arquitecto, a la napolitana.

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Otra opción es pedir alguno de los sándwiches, las ensaladas completas, como la de pollo crispy, con berro, huevo mollet y aderezo de maní y las tartas.

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Los postres no desentonan: flan con dulce de leche y crema fresca, queso y dulce, arroz con leche. El café es Illy.

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También hay muy buenos desayunos y meriendas. Por ahora no abren a la noche, pero pronto lo harán, al igual que inaugurar una terraza de esas que son para quedarse, libro en mano y dejar que el tiempo pase, que no es lo mismo que perder el tiempo.

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GPS: 11 de Septiembre 4152, Tel 4703-5568.

Fotos ambiente: gracias Cecilia Nigro y Mariana Rapaport, The Wow Factor.

Fotos platos: Raquel Rosemberg