Buena vida Malavita

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Comienza un nuevo año, deseo buena vida y me incluyo. Dicen que a veces, para que algo se cumpla hay que pensar en lo contrario y lo contrario de buena vida es mala vida, malavita, palabra que suena más fuerte en italiano. Así llama la Ndranghetà, la mafia calabresa, a su cancionero. Es que a este grupo, uno de los más violentos y poderosos de los últimos tiempos, no le gustan los escritos y prefiere dar a conocer su verdad poniéndole música a su letra. Malavita es también otro de los tantos nombres que los sicilianos le dan a la mafia, cosa nostra, onorevole societá. Entonces, como no es novedad que apasiona el tema de la mafia, digo fuerte, casi grito: MALAVITA, para que este 2014 me traiga y nos traiga BUENA VIDA.

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Malavita es tener que abandonar tu tierra. Castigo milenario: destierro. Es mucho más que un desarraigo. Cuando hombres y mujeres del mundo deben dejar todo en el camino, sólo rescatan algo que llevan a cuestas: los sabores con los que crecieron. Van grabados, atesorados, allí donde vayan. Malavita es la que vivieron los Blake, una familia en apariencia “muy normal”. Vida que les fue asignada por el programa de protección a testigos, ese al que deben recurrir los que en el ambiente mafioso rompen con el sagrado mandato de la omertá, silencio. En este caso, haber mandado a galera a Don Mimino, capo di tutti capi, de Nueva York.

Malavita es el nombre que eligió Tonino Benacquista para su novela, llevada al cine por Luc Besson (The Family o Familia Peligrosa) con Robert de Niro y Michael Pfeiffer, como protagonistas. Entre tanto divo, el personaje central es… Malavita, una perra con vida de gato.

cartelmalavitaVolviendo a la peregrinación de los Blake, la familia tomó posesión de su nueva casa en mitad de la noche, casi en secreto. La primera en entrar fue Maggie, la madre, que después de examinarla se fue directo al sótano con un único objetivo: observar la humedad. La señora no estaba preocupada por el reuma, lo único que necesitaba era encontrar el lugar ideal para curar su parmesano y  añejar las botellas de Chianti. El resto del grupo se acomodó como pudo. Belle, la hija mayor, en su cuarto, Warren, el menor y fan de la informática, rebuscando en la computadora, y Frederick, el padre, jugando con una Brother 900, máquina de escribir que encontró en el desván, y que le dio nombre a su nueva personalidad: sería escritor. Estaban en Normandía, la campiña francesa, sin embargo, todos extrañaban Nueva Jersey, Estados Unidos.

De su nuevo hogar, además del desembarco del 44, lo único que sabían era que tenía un delicioso camembert. Hacía seis años que vagaban por Francia. Habían estado en la Costa Azul y la orden recibida era que si les preguntaban debían decir que provenían de Menton (no sé si comieron en Mirazur, pero es casi una fija que pasaron por el restaurante de la mamma, en Ventimiglia). Podría decirse que se habían acostumbrado a los cambios. Pero en algo tenían merecido ese exilio, a pesar de ser una familia de origen italiano, vivían preguntándose por qué los franceses, famosos por su pastelería, no habían inventado los donuts y las cookies, teniendo a mano unos buenos croissants.

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Superada la nostalgia, Maggie compraba algunas comidas y acopiaba pasta asciutta porque su especialidad era la pasta, agli e olio, aunque también sumaba al canasto tomate, porque el resto de la familia no concebía un plato de pasta sin tomate: las salsas con ingredientes raros les parecían una “pijada”, la pasta tenía que llevar una salsa bien roja y nada más. La señora a las compras buena mozzarella, que rociaba con aceite de oliva, porque la manteca (“mannaggia la miseria”) atasca la cañería y la endurece, en cambio el oliva se desliza… palabra santa, lo dice La Biblia. Parte de la vianda la dedicaba a los muchachos del FBI que vivían a metros y los “protegían”.

pasta e pomodoro

Lo peor de este destierro era que sus vecinos franceses pretendían que los nuevos norteamericanos los conviden con una barbacoa de hamburguesas y les pregunten cómo son las verdaderas: ¿llevan Ketchup, pepinillos, se come a mordiscos…? Detestaban esos momentos. El tiempo que sobrevivirían los Blake a la garra de los muchachos de la mafia que estaban rastreándoles los pasos era poco. Mientras esperaban un cambio de vida, mantenían tradiciones que les alimentaban cuerpo y alma, como el de la polenta:

polenta

“En una gigantesca olla de cobre, se amasa la harina de maíz con cuchara de madera, hasta que esté firme. Aparte se prepara una salsa de tomate al vino, a la que se le puede agregar lo que se tenga a mano (salchichas parrilleras y hasta pichones). Es un plato reconciliador, garante de la unidad familiar, porque se come en la scifa, plato largo, común, de madera, del que comen todos a la vez, con cuchara, sin invadir al vecino”.

¿Para después? Limoncello bien frío:

Limoncello Amalfi Coast Italy

LIMONCELLO

Lavar bien 8 limones pintones, secarlos perfectamente y con la ayuda de un pelapapas, sacarles la piel (sin la parte blanca). Colocar la piel en un botellón con cierre hermético, agregarle 1 litro de alcohol fino (apto consumo humano) y dejarlo reposar 8 días. Preparar un almíbar con 1,250 centímetros cúbicos de agua y 1 kilo de azúcar y dejarlo enfriar. Colar cuidadosamente la preparación de limón en un bol. Sumar el almíbar (descartar las pieles). Embotellar el licor en botellas limpias, tapar y dejar reposar en un lugar oscuro y fresco 30 días. Conservar el licor en el freezer y servirlo bien frío. 

Los Blake no eran de esos cocineros que se adaptaran a cambiar de menú, siguiendo los mandatos de los custodios norteamericanos. Ya una vez los habían escuchado y debieron cruzar el océano. Como buenos hijos de italianos, sabían que cada ingrediente tiene su tiempo y la vendetta no tardaría en llegar. A la dama la recibirían como corresponde: con una pasta especial, mezcla de la que no tengo las proporciones, pero que imagino es bien fogosa, podría decirse que tiene un sello siciliano o quizás, calabrés. Lleva dosis especiales de nitroglicerina y ácido sulfúrico, a la que se le agrega bicarbonato, imagino que para la buena digestión.

The Family Malavita

La mesa de los Blake se sirvió a la hora señalada. La vendetta de los muchachos mafiosos, plato que se come frío, les llegó en dosis adecuadas a un gran banquete. No alcanzó. La familia respondió con la pasta picosa que tenían preparada y algunos platos más, regados por abundante Bourbon. Malavita, la perra, también tuvo su ración, más que un hueso duro de roer. Toda la escena fue luego descripta, minuciosamente, en por el dueño de casa, en su máquina de escribir. El señor se había convertido en un cronista, un escritor. Buena vida para aquellos a los que se les destina malavita.

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Tonino Benacquista, Malavita, España, Lengua de Trapo,  2005.